"Del interior del que crea en mí brotarán ríos de agua viva" (Jn 7, 39).

lunes, 19 de octubre de 2009

Javier Sartorius: tenista, surfero, profesor de artistas de Hollywood, hare krisna y, por fin, monje


Tomado de Religion en Libertad - Autor: Pepe Álvarez de las Asturias/Alba

Rafael Arnaíz fue un joven artista de familia aristocrática que lo dejó todo para ingresar en la orden trapense; murió en 1938, a la edad de 27 años. El Hermano Rafael fue canonizado el pasado 11 de octubre, pero no es el único caso de un joven de alta cuna que dejó el mundo. Javier Sartorius abandonó su pasado tras los muros de la vida monástica.

Tres de la mañana. Una noche lluviosa y lúgubre de julio. Después de más de dos horas subiendo el abrupto camino, en plena oscuridad, un peregrino se detiene ante la imponente puerta de madera del milenario Santuario de la Virgen de Lord, a 1.180 metros de altitud, en el prepirineo leridano. El peregrino golpea la pesada aldaba una y otra vez hasta que los sorprendidos habitantes de la Comunidad abren la puerta.

«¿Cómo te llamas?» pregunta uno de ellos. «Javier» contesta el peregrino. «¿Javier qué?» insiste el monje. «Sólo Javier». Sin apellidos, sin pasado. Esa noche, después de toda una vida de búsqueda e inquietudes, Javier dio el paso definitivo hacia sí mismo, hacia el silencio, hacia el vacío material. Hacia Dios.

Javier Sartorius Milans del Bosch era un joven extrovertido, apuesto, de noble cuna, carismático y deportista. El «zurdo de oro». Legendarios eran sus partidos de tenis con su hermano Fernando en Zarauz y Madrid; y el día que ambos arrebataron dos juegos a la pareja Casal-Sánchez Vicario, el Tenis de San Sebastián rebosó de pancartas y vociferantes «hooligans» (todos familiares y amigos) rendidos ante la hazaña de sus héroes. Juntos, Javier y Fernando, marcharon a Estados Unidos a estudiar Administración de Empresas, carrera que abandonaron casi al empezar para dedicarse a surfear las olas de California, ganar campeonatos de pádel, dar clase a las estrellas de Hollywood y, de paso, ingresar unos dólares vendiendo aspiradoras a domicilio o cuidando jardines. Sol, playas, diversión, chicas, deporte. Javier lo tenía todo. O no.

Fue precisamente en Los Ángeles donde Javier comenzó a sentir una creciente inquietud por la vida espiritual, un poco confusa al principio (llegó a pasar por el Hare Krisma). En 1989 fue Campeón USA de pádel; el año siguiente, misionero en Cuzco con Los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Fue tal el shock espiritual que provocó la vida de pobreza y sacrificio absolutos, que decidió entrar en el seminario, en Toledo. Pero Javier no estaba hecho para estudiar («ni siquiera se puede copiar», decía) y tampoco para el sacerdocio. A él le iba más la vida contemplativa, la oración, incluso la soledad, a pesar de su personalidad extrovertida. Un compañero de seminario le habla entonces de la Comunidad de Lord y es allí donde encamina su vida, dejando todo su pasado atrás. Sólo quiere encontrarse a sí mismo.

«Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas» (P. Neruda). Ese día resultó ser una lluviosa noche de julio de 1992; cualquier lugar, el Santuario de Lord. Y no fue la más amarga, sino la más feliz de sus horas. Y aunque dejó su pasado al otro lado de la puerta, su personalidad entró con él. Javier revolucionó, a su manera, la tranquila y silenciosa vida de los monjes. «Tenéis el cuerpo abandonado» sentenció, y montó un gimnasio, bastante primitivo, pero que aún hoy mantiene en forma al padre Jordana, a sus 90 años. Incluso llegó a conquistar a las monjitas de clausura, cuyas puertas se abrieron por primera vez a un varón en mil años de historia; «Vamos a hablar con ‘Sor Javier’», decían en el recreo, a pesar del estricto silencio impuesto. También revolucionó su vida: de la raqueta a la azada; de las fiestas playeras al estricto régimen de oración y estudio de la Biblia; de entrenar a las estrellas de Hollywood a pastorear un rebaño con más de 100 ovejas, a las que había puesto nombre una a una; del cálido sol californiano a los 10 grados bajo cero de su celda. Él era feliz así, viendo a Dios en lo cotidiano, con su trabajo, su oración, su soledad, su Cruz desnuda, como la de Cristo. No necesitaba nada más («había una persona tan pobre, tan pobre, tan pobre que sólo tenía dinero», le encantaba decir). Su familia lo apoyó devotamente; excepto su padre, que no llegó a entenderle. Entregándose a todos, robusteciendo su fe, Javier pasó los siguientes años en Lord. Disciplinado y perfeccionista, aceptó volver al seminario en Barcelona, que esta vez superaba con brillantes calificaciones, incluido el latín, aunque sin pretender en ningún momento abandonar su vida monástica cuando recibiera las sagradas órdenes (una vez más rompiendo normas).

Ya en 2006, una dolencia gástrica acabó convirtiéndose en su verdadera cruz, primero de dolor y finalmente de muerte. El 21 de junio moría en el monasterio cisterciense de San Miguel de Dueñas, donde era tratado de su enfermedad. Tenía 44 años. En el silencio del Monasterio, sólo mitigado por el tenue cántico de los monjes, ante el cuerpo inerte de su hijo, el padre de Javier sollozó, «Ahora lo entiendo todo».

Es curioso, pero a pesar de su juventud y de haber elegido la vida monacal, solitaria, de espaldas al mundo, Javier dejó su impronta grabada en las almas de miles de personas a lo largo de su vida, y después de su muerte. Tenía una energía especial, contagiosa y benefactora, que legó a todos los que le conocieron y quisieron. Y que aún hoy llega con fuerza a todos los que le rezan.

Un campeón de Cristo.
«Puedes ser tenista de fin de semana. Pero para jugar en primera, hay que entrenar duro todos los días, y muchas horas. Sólo así se gana», solía decir. Javier fue un campeón en todo cuanto hizo, en el trabajo físico, en la oración, en el estudio, en la caridad, en la simpatía, en el cariño hacia su familia… y sobre todo, en su amor a la Cruz, en su entrega a Cristo. Ahí sí que ganó.

domingo, 11 de octubre de 2009

Las confesiones de un sacerdote gitano, Juan Muñoz Cortés


Tras superar discriminaciones y un cáncer, afirma ser “el más feliz”

BARCELONA, domingo 11 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Ni los cachetes de su padre, ni las burlas de sus amigos, ni la discriminación por parte de algunos compañeros en el seminario ni un grave cáncer han podido apartar a este joven gitano de su anhelada vocación sacerdotal.
Nacido hace 35 años en el barrio marginal de La Mina, en Barcelona, Juan Muñoz Cortés sintió desde los doce años la vocación al sacerdocio, una llamada en la que han intervenido personas concretas que ocupan un lugar preferente en su corazón, pero también fuertes experiencias espirituales.

Lo explica en la siguiente entrevista con ZENIT, que, en el Año Sacerdotal, ofrece las "confesiones" de cardenales, obispos y sacerdotes sobre su vocación. La serie fue abierta por el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI.

--¿Cuándo empezó a sentir la llamada a la vida sacerdotal?

--Juan Muñoz: En el colegio descubrí una sensación por la figura de Jesús de Nazaret y empecé a interesarme por ella, gracias a la profesora de religión, una monja Hija de la Caridad, con quien tuve una charla.

A los doce años, una noche, me vino como una luz, una imagen de Cristo, que lloraba constantemente; y empecé a llorar.

Eran las tres de la mañana. Estaba en mi habitación, al lado de mi hermano. Mis padres se levantaron y me preguntaron: "¿Qué te pasa?, ¿qué te duele?".

Y respondí: "Lloro de alegría porque en mi cabeza se me ha representado un señor con barba y con lágrimas, llevaba una corona".

Poco a poco fui descubriendo mi vocación, hasta que un día, un sacerdote me preguntó, intuitivamente: "¿Por qué no eres sacerdote? ¿Te has planteado alguna vez la vida sacerdotal, de servicio a la comunidad?".

Yo no le había comentado nada antes por vergüenza y, en aquel momento, me sonrojé y no supe qué contestar. A partir de ahí, todo evolucionó.

El acompañamiento personal es muy importante para que la persona, el joven, descubra su vocación. A través de los testimonios de sacerdotes, monjas y laicos, podemos ver la vocación.

--¿Cómo reaccionó su familia?

--Juan Muñoz: Cuando les dije que quería ser sacerdote, se sintieron muy mal. Me dieron que no, que me tenía que casar y tener hijos.

Yo soy del pueblo gitano y, para mi familia, que un hijo no se case y no tenga descendencia resulta un poco chocante.

El hecho de que mi familia no aceptara mi vocación me hizo entrar en crisis. Estuvieron algún tiempo sin hablarme, incluso recibí algún cachete de mi padre. Él no aceptó mi vocación hasta el momento de su muerte.

Pero entonces, en la UCI, después de pedir la extrema unción y confesarse, me pidió perdón y me dijo: "Me voy con Dios y voy a rezar por ti, para que seas sacerdote; desde el cielo te ayudaré".

Yo sólo le dije que le perdonaba y que se fuera en paz con Dios. Me parece que Dios me quiso dar este gran testimonio de mi padre antes de morir. Fue muy bonito. La muerte de mi padre me marcó muchísimo.

Y ahora, gracias a Dios, la cosa va muy bien. Mi madre y mis dos hermanos están muy contentos.

--¿En su camino hacia el sacerdocio, sintió dudas?

--Juan Muñoz: Toda mi vida, desde los doce años, he querido ser sacerdote, pero ha habido muchísimas dificultades, evidentemente.

Por ejemplo, me escondía para ir a Misa porque mis amigos se reían de mí. Incluso dejé de ir a la iglesia durante dos años porque pensaba que la llamada a ser sacerdote era una obsesión mía.

En ese tiempo, salí con una chica. Le advertí que yo tenía vocación para ser sacerdote, pero estaba en duda. Ella respondió que lo respetaba, aunque no lo compartía.

Pero llegó un momento en que tuve que decirle: "Lo siento mucho, pero no puedo más: hay como un agujero entre tú y yo, y lo único que me puede llenar en mi vida es servir a los demás, a los más necesitados, y seguir el camino por el que Dios me ha ido llevando desde hace años, que es ser sacerdote, que es estar con él muy intensamente".

Ella se sintió mal, incluso pasó una depresión, pero salió de ella y ahora nos llevamos muy bien. Está casada, tiene hijos y, gracias a Dios, todo ha evolucionado bien.

--¿Qué otras dificultades tuvo que afrontar en el seminario?

--Juan Muñoz: El hecho de que mis amigos no me aceptaran al entrar en el seminario me ha marcado muchísimo y me ha afectado en mi vocación.

Por otra parte, yo soy gitano, y por ello me he sentido marginado por compañeros del seminario, e incluso por algunos sacerdotes que no me aceptaban.

Me decían que vamos siempre sucios, lo típico. Alguien llegó a decirme que me tenía que ir a la Iglesia evangélica por ser gitano.

Pero yo, con la ayuda de Dios, con mi oración directa con Él, que siempre me ha ayudado, que me decía en mi interior: "no te preocupes, tú continúa adelante, a pesar de las crisis, a pesar de los momentos difíciles, estoy contigo", mira hasta dónde he llegado.

Aunque creo que poder llegar a ser sacerdote ha sido obra de Dios.

Me ordenaron sacerdote en la Basílica de Santa María del Mar, con dos compañeros más. Asistieron 1.600 personas y unos 140 sacerdotes.

Y ahora soy la persona más feliz. Vivo el sacerdocio con mucha plenitud, como si esto lo buscara desde siempre.

--¿Qué ha sido lo más duro, en este proceso?

--Juan Muñoz: Lo más duro fue que, cuando ya era diácono, los médicos me diagnosticaron un cáncer. Me chocó muchísimo y entré en una crisis.

Realmente, la enfermedad la descubrí en sueños. En ellos, mi padre, que ya había fallecido y estaba junto a una señora que iluminaba, aunque yo no le veía la cara a ella, me avisaba: "Ve al médico".

Se lo expliqué a mi madre, que también me animó a visitar al médico. Y al tercer día de tener estos sueños, sentí un dolor fuerte, que me asustó. Entonces sí fui al médico y me lo detectaron.

Se trataba de un cáncer muy agresivo. El médico me advirtió que debían operarme, aunque podía haber mucha metástasis y a lo mejor no salía del quirófano.

Me rebelé contra Dios. Le pregunté por qué cuando llegaba a mi plenitud, a lo que más había soñado, a ser sacerdote, me llegaba un cáncer, del que quizás no iba a salir.

Entonces le dije a mi director espiritual que quería ir a Lourdes y me encomendé al doctor Pere Tarrés.

Fuimos a Lourdes, dormimos en una posada pasando mucho frío, y a la mañana siguiente, celebramos la Misa en la Gruta y fuimos a las piscinas.

En las piscinas, sólo estábamos él y yo. Cuando me tocó a mí meterme en el agua, sentí una sensación muy rara y empecé a llorar.

Uno de los voluntarios me preguntó qué me pasaba. Le conté el problema que tenía, le dije que no quería morir, que tenía miedo. Y él me respondió: "Ya verás como la Virgen te va a curar; tú reza aquí".

Me bañó y después empecé a llorar otra vez. Me quedé allí unos minutos rezando ante la imagen de Lourdes. Y salí de allí transformado.

Entonces le dije a mi director espiritual: "La Virgen me ha curado, siento mucha paz en mi interior". Se quedó sorprendido.

Al volver a Barcelona, incluso los amigos que me venían a ver me preguntaban qué me pasaba, y me decían: "Estás cambiado, estás como iluminado".

Cuando los médicos me abrieron, vieron que no había metástasis. Y no me han aplicado quimioterapia ni radioterapia, ni tomo ninguna medicación, aunque sí me van realizando controles. Para mí, fue un milagro.

--¿Qué experiencias, positivas y negativas, le han sorprendido en el año y medio que lleva como sacerdote?

--Juan Muñoz: Yo pensaba encontrar más respeto, amor y entrega entre los compañeros sacerdotes, pero me he llevado un poco de decepción al sentir como una desunión entre los sacerdotes, no sé si es como una soledad por el hecho de que los sacerdotes diocesanos viven solos.

Pero a la vez he conocido a gente estupenda que me ha apoyado en todo; personas de todo tipo, de toda cultura, de toda raza, jóvenes y ancianos, de los que he aprendido muchísimo.

Realmente he visto el rostro de Dios en esas personas. No me llegaba a imaginar cómo puede hablar Dios a través de las personas.

Algunas personas, curiosamente sobre todo mujeres, me han marcado mucho y me han proporcionado ayuda de todo tipo -espiritual, económica,...- para llegar a ser sacerdote.

Pienso en la relación de María Magdalena con Jesús, supongo que ella le consoló muchas veces y le ayudó con sus palabras, cuando se sentía incomprendido, desprotegido e incluso solo, a sacar fuerzas y pedirle a Dios que se hiciera su voluntad.

Recuerdo por ejemplo un gran amigo, que ahora trabaja en el obispado, con el que compartí las vísperas de mi ordenación sacerdotal.

Yo no podía dormir. Nos abrazamos, lloramos juntos y estuvimos hablando de Dios, de la entrega total que iba a hacer, al consagrar toda mi vida a Dios y a los más necesitados.

Y lo más maravilloso ha sido llegar a la plenitud de ser sacerdote. Lo vivo con muchísima intensidad. A veces las palabras no bastan.

Vivo con mucha pasión la entrega de la Eucaristía. A veces me emociono al cantar el prefacio.

--¿Y qué ha sido lo más impactante, de su vida sacerdotal?

--Juan Muñoz: El tanatorio. Estoy colaborando en los servicios funerarios de Barcelona y me ha impresionado muchísimo el dolor de las personas, y poder transmitir una esperanza, una fe en la otra vida a personas que sufren el dolor de la muerte de un ser querido, que se sienten solas, que se sienten abandonadas por Dios.

Que entren llorando amargamente y salgan con fe, dándote las gracias porque has transmitido un testimonio y un mensaje de Cristo vivo y una esperanza en la otra vida, a mí es lo que más me ha impresionado.

Incluso he casado a personas que he conocido en el tanatorio y he hecho muchos amigos que se han empezado a confesar conmigo y les estoy haciendo como de guía espiritual.

Si el sacerdote es una persona que reza y se entega a los demás, es la personas más feliz.

[Por Patricia Navas]

Tomado de ZENIT.org

viernes, 25 de septiembre de 2009

Obispos lamentan que reprobación contra el Papa haya seguido curso en el Parlamento Español


Tomado de ACI Prensa

MADRID, 24 Sep. 09 (ACI).- En una nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (CEE) dada a conocer este jueves, los prelados lamentaron "profundamente que en su día se haya admitido a trámite y que hoy se haya votado en comisión parlamentaria una reprobación de las palabras y de la actuación" del Papa Benedicto XVI por sus afirmaciones sobre la lucha contra el SIDA, en su viaje a África.

En aquella oportunidad, Benedicto XVI explicaba que la labor de la Iglesia Católica en la lucha contra el SIDA es esencial, y que este esfuerzo es doble: el primero consiste en "una humanización de la sexualidad, es decir una renovación espiritual y humana que lleve consigo un nuevo modo de comportarse el uno con el otro, y segundo, una verdadera amistad y sobre todo con los que sufren".

Además de lo indicado, el Santo Padre señalaba –en una respuesta que un sector de la prensa dio a conocer de manera sesgada y sin la amplitud debida para este delicado tema– "que no se puede superar este problema del SIDA solo con slogans publicitarios. Si no existe el ánimo, si los africanos no se ayudan, no se puede resolver el flagelo con la distribución de preservativos: al contrario, el riesgo que se corre es el de aumentar el problema".

Diversos gobiernos rechazaron las expresiones del Papa y el Parlamento español discutía una iniciativa que fue impulsada por Izquierda Unida y por Iniciativa per Catalunya Verds (IU-ICV). Esta medida fue rechazada finalmente.

Con este tipo de posturas, dice la nota de la CEE, el "Parlamento pone en peligro el principio de la libertad religiosa. En efecto, la justa distinción entre Estado y sociedad y, más en concreto, entre Estado e Iglesia y entre el orden político y el orden moral, exige que las instituciones del Estado se abstengan de intervenir en el libre desarrollo de las instituciones religiosas, y en nuestro caso, de la Iglesia Católica, mientras no esté probado que atenten contra el orden público".

"Tratar de interferir por medio de reprobaciones políticas parlamentarias en la guía moral que el Papa ejerce en la Iglesia mediante su Magisterio ordinario, contradice seriamente el principio de no intervención y lesiona el derecho de libertad religiosa", añade el texto.

Seguidamente los obispos afirman que "la Iglesia Católica, al exponer la doctrina moral que se deriva del Evangelio, contribuye a la formación de las personas como verdaderos sujetos responsables y como ciudadanos capaces de colaborar en la consecución del bien común. El Magisterio de la Iglesia propone a los católicos y a todos los hombres unos principios de vida que no quiere ni puede imponer a nadie, pero que no dejará de anunciar con toda libertad de acuerdo con la misión recibida".

Finalmente expresan al Santo Padre "el afecto y la adhesión más cordial de los obispos y de todos los católicos españoles".

Para leer las respuestas completas del Papa sobre la lucha contra el SIDA, ingrese a: http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=24718

sábado, 29 de agosto de 2009

Antonieta Raco, nuevo caso de curación inexplicable en Lourdes


Nueva curación inexplicable en Lourdes: la historia de Antonietta Raco
Su testimonio y el de su obispo

Tomado de ZENIT.org

LOURDES, viernes 28 de agosto de 2009 - La italiana Antonietta Raco, paralizada desde el año 2005, ha sido curada de una esclerosis lateral amiotrófica (ELA, como la suelen denominar los especialistas) a raíz de una peregrinación a Lourdes, este verano, anunció su obispo, de la diócesis de Tursi-Lagonegro, monseñor Francescantonio Nolé.

"Es un don del Señor a través de su santísima Madre", ha declarado el obispo que guiaba la peregrinación. Su testimonio fue recogido este jueves por Radio Vaticano.
Raco tiene 50 años y es de Francavilla in Sinni, cerca de Potenza, en la región de la Basilicata, en el sur de Italia. Ha sido tratada en el hospital Le Molinette de Turin.

Se ha puesto de nuevo en pie y ha vuelto a caminar de manera inexplicable.
El obispo precisa que Raco realizó una visita de control en Turín el 24 de agosto y el profesor Chiò declaró que "desde el punto de vista de la literatura médica, nunca ha habido un caso de regresión de la enfermedad".

"Se puede decir que es un acontecimiento extraordinario", ha dicho el prelado.

Los médicos, sorprendidos

El pasado 25 de agosto, Raco explicó al diario católico italiano "Avvenire" las circunstancias de esa visita médica con su marido.

"Yo estaba ansiosa de reencontrarme con los médicos; esperaba que alguno me dijera que ya no tenía nada --recuerda--. Durante esa visita, vi el asombro de los especialistas". "El profesor Chiò ha querido que explique todo lo que me está pasando sin omitir nada", explica. "Él estaba sorprendido y me dijo: ‘Me he quedado sin habla' --recuerda--. Me envió a hacer nuevas pruebas, me pidió que no suspendiera la terapia. Y, sin decir nada, me dio un beso. Y se conmovió. Yo siempre he rezado por él esperando que se descubriera cómo curar la ELA".

Fue el profesor Chiò quien envió el dossier clínico al obispo que lo hará llegar a la oficina de Lourdes. Un equipo médico analizará la cuestión no sólo desde el punto de vista médico, sino también desde el punto de vista teológico.

Una voz que calma

Raco ha explicado a "Avvenire" la historia de esta curación: "En Lourdes, yo no pedí un milagro. Yo recé a la Virgen para que me diera la fuerza de vivir con dignidad cada instante que me quedaba", indica.

"Los casos de Piergiorgio Welby y de Eluana Englaro [dos casos de eutanasia muy mediáticos en Italia] me impresionaron; se interrumpieron las ayudas vitales de esas personas --reconoce--. Recé para no llegar a algo así".

"La vida debe ser vivida siempre y en toda circunstancia hasta el extremo -afirma--. También recé por una niña de mi pueblo que también padece ELA".

Antonietta Raco precisa: "Al entrar en el agua, fui ayudada por tres ‘damas'; dos de ellas se apartaron después y la otra continuó ayudándome". Y continúa: "Pero mientras ella estaba haciendo esto, sentí la presencia de alguien más que me sostenía por el cuello; intenté volverme, pero no había nadie; sentí un gran dolor en las piernas, después un alivio".

"Fue en ese momento cuando escuché, a mi izquierda, una voz femenina muy bella, suave, tierna, ligera --explica--. Nunca he oído nada igual; el mero hecho de oírla me alivió físicamente".

"Ella me dijo: ‘¡No tengas miedo, no tengas miedo!' --revela--. Pero yo temblaba, ¡tenía tanto miedo!, también porque era la única que oía esa voz".

El respeto de monseñor Nolé

Monseñor Nolé también ha expresado sus impresiones personales: "En primer lugar, un gran respeto hacia esta señora que ha ido a Lourdes y no ha pedido nada sino morir en paz".

El prelado continúa: "Ella dijo: "No quiero acabar como Welby, quiero que el Señor, que es dueño de la vida, sea el que tome mi vida en su mano". "Después pidió la paz y la serenidad para ella misma y para su familia. Y luego, la gracia para una niña de cuatro años que sufre también una esclerosis lateral amiotrófica", añade.

Pero sobre todo, el obispo siente respeto "porque, en Lourdes, después de haber recibido este gran don, esta señora no se lo dijo a nadie: se lo guardó para ella misma durante tres días".

"Y al volver a su casa sintió una voz interior que le invitaba: ‘¡Cuéntalo, dilo!'. Entonces preguntó: ‘¿Qué debo decir? Yo no merezco tanto, soy indigna...'", relata.
El obispo recuerda: "Yo le dije, tranquilizándola, que el Señor ha hecho este regalo no sólo para ella sino para toda la comunidad y para todos los que se enterarán, y de hecho estamos viviendo las consecuencias positivas".

La confesión a su marido

Efectivamente, la noche del 5 de agosto, después de la peregrinación, Raco sintió de nuevo la misma voz, cuando en realidad ella no había dicho nada a nadie antes.

Ella explica: "Estaba sentada en el sofá, mi marido estaba a unos metros de distancia. Sentí de nuevo claramente la misma voz que en Lourdes: ‘Llámale, díselo, llámale'".

"Yo me dije: ‘¿Pero qué debo decirle?' Y entendí otra vez: ‘Llama a tu marido, díselo'. Entonces llamé a mi marido Antonio y me levanté, di unos pasos y después volví al mismo lugar. Él no podía creer lo que estaba viendo. Y se lo dije todo", recuerda.

Antonietta Raco ha expresado su deseo de volver a Lourdes "pero como voluntaria para ayudar a los enfermos como otros me han ayudado".

Y el obispo destaca el efecto de esta curación: "He aquí que se ha vuelto a dar fervor a los que tenían fe y se ha removido la conciencia de los que la tenían tibia, apática".

"Muchos se han comprometido a ir a Lourdes, a estar disponibles para el servicio a los enfermos --explica--. Después se confronta la enfermedad y se dice: "Bien, esta señora ha recibido este milagro pero no lo había pedido. Se redescubre la gratuidad de la oración y la oración por los demás".

Monseñor Nolé insiste en el sentido de la peregrinación a Lourdes diciendo: "En el servicio a los demás, se redescubre justamente una gran fraternidad, la gratuidad de darse y de recibir dando, sin esperar recompensa material, obviamente, ni espiritual o moral: pero el servicio se convierte en sí mismo en una recompensa".

[Por Anita S. Bourdin, traducción del original francés por Patricia Navas]

sábado, 22 de agosto de 2009

Estamos dispuestos a ir a la cárcel antes que acatar ley del aborto, dicen ginecólogos


MADRID, 20 Ago. 09 (ACI).- El Dr. Esteban Rodríguez, portavoz de la plataforma de médicos de Derecho a Vivir, respondió al Ministro de Justicia de España, Francisco Caamaño, quien hace unos días dijo que ante la ley del aborto no cabe la objeción de conciencia, señalando que "estamos dispuestos a ir a la cárcel antes que acatar una ley criminal, y estamos dispuestos a cometer un presunto delito de desobediencia antes que un delito de aborto".

El médico explicó que "no mataremos a nuestros pacientes ni cometeremos un delito contra la salud pública lesionando deliberadamente la salud de las mujeres, por mucho que nos amenace el ministro de Justicia, abusando de su poder".

"Los médicos no somos soldados, ni policías, ni verdugos. No hay desobediencia civil en la negativa a matar a un ser humano, sino cumplimiento de nuestra obligación profesional", añadió.

Así, considera que, si el Gobierno cumple con la amenaza del ministro de Justicia de tratar penalmente a los objetores como desobedientes, "se generará una nueva categoría de víctimas de las leyes del aborto y de regulación de la conciencia: los ginecólogos que deseen cumplir con su deontología frente a una ideología impuesta".

Tras recordar que la objeción de conciencia debe ser respetada pues está establecida en el artículo 16 de la Constitución española, Rodríguez señaló que "nos resulta sorprendente que una ley que pretende proteger, para evitar la cárcel, a ciertos mercenarios de la Medicina, como el condenado doctor Morín, que lucran matando seres humanos a costa de lesionar la salud de las mujeres, vaya secundada de otra ley que pretende la desprotección, penando con cárcel a los médicos que traten de defender las vidas de sus pacientes y no dañar la salud de las mujeres".

"Recomendamos, que vayan pensando en crear una nueva categoría de funcionarios a cargo del ministerio de justicia o del de igualdad: los verdugos fetales", agregó el Dr. Rodríguez.

"Nos parecen altamente preocupantes las intenciones totalitarias del Ministerio de Justicia, en simbiosis con el de Igualdad. Si el anterior ministro de Justicia consiguió soliviantar a los profesionales de la judicatura, éste lo va a conseguir con los profesionales de la Medicina", concluyó.

martes, 18 de agosto de 2009

Gerard Depardieu: Las Confesiones de San Agustín calman mis interrogantes mas dolorosos


*Su apelllido significa «de parte de Dios», algo que declara «me da mucha seguridad»

16 de agosto de 2009.- El célebre artista francés cuenta cómo se engachó a San Agustín en un viaje a Roma con motivo del Jubileo del 2000. En un encuentro con el entonces papa Juan Pablo II, éste gritó a los cardenales presentes «¡Agustín! ¡Tenéis que hablarle de Agustín!». Así comenzó con las Confesiones de San Agustín. El actor francés Gérard Depardieu participó hace años en un ciclo de lecturas de San Agustín, en la catedral de Nôtre-Dame de París, declamando durante 50 minutos algunos fragmentos del libro de las Confesiones seleccionados por el escritor André Mandouze. En la siguiente entrevista, publicada por el diario «La Croix», Depardieu explica el origen y el sentido de esta iniciativa.
(Jean Marie Guènois / ReL) - ¿Podría contarnos el origen de estas lecturas?

- Todo comenzó en Roma, durante el Jubileo del 2000. Quise ir en peregrinación porque siempre he admirado mucho a Juan Pablo II. Me colocaron entre los cardenales y me presentaron al Santo Padre. Él me miró y exclamó en dirección a los cardenales que le rodeaban: «¡Agustín! ¡Tenéis que hablarle de Agustín!» El cardenal Poupard quería que hiciese una película, pero le objeté que no conocía nada de la obra de San Agustín. Me aconsejó que comenzara con las Confesiones. La lectura no me resultó fácil al inicio, pero las palabras de Agustín me cautivaron.


Su reflexión me pareció sublime y me remitió a mí mismo, a mi itinerario personal. Entre los 15 y los 17 años no sabía explicarme, no era capaz de hablar a causa de una hiperemotividad patológica. Sólo gracias a las palabras de los demás, de los escritores, logré sosegarme. Cuando leí a San Agustín rechacé la idea de la película, porque la imagen ata. Mientras que las palabras de Agustín y lo que dejan entender nos ofrecen toda su verdadera dimensión. Me he atado a ese libro, hasta el punto de que me sigue atrayendo con fuerza a pesar de que lo leo todos los días. He estado acudiendo durante veinte años a un psicoanalista. Pues los libros X y XI de las Confesiones (¡un pozo de referencias para los psicoanalistas!) ofrecen respuestas a nuestras preguntas más íntimas y calman nuestros interrogantes más dolorosos.
«Le escuché enseguida»

- Usted ha escuchado la voz de San Agustín. ¿A qué se parece?

- ¡La escuché enseguida! Parece la poesía de un hombre que no sabe decir lo que le pasa. Esa búsqueda me toca de lleno porque me remite a mi misma fragilidad y a lo que he vivido en los momentos cruciales de mi existencia. Percibí instintivamente la irradiación, la luz y una cierta verdad de San Agustín a la vez que hicieron nacer en mí las ganas de buscar la forma de compartirlas con los demás en algún momento. Me imaginé un lugar donde la gente se recoge: iglesia, templo, mezquita, sinagoga. Allí encender cuatro velas que se consuman en 45 minutos – Moliére calculaba la duración de sus comedias conforme a la duración de las velas-, colocarme sin montaje alguno, simplemente anunciando en la puerta de la iglesia una lectura.

Me encontré con el presidente Bouteflika en Argelia en el 2001, en pleno recrudecimiento del fundamentalismo musulmán y sólo hablamos de San Agustín. Le dije que tenía necesidad de una guía, y él me aconsejó que hablara con André Mandouze que, por casualidad, estaba en Argelia en aquel mismo momento. Estaba impresionado, pero perdido en los libros de San Agustín. Pocos días después de nuestro encuentro, André me ofreció lo que buscaba: la historia de Agustín, su vida anterior, su conversión, el éxtasis. Me impresionó cómo San Agustín trataba a Dios de tú, el hecho de que se enfrentara directamente con Él. Quise comenzar desde esa cólera para acabar con el éxtasis. André llegó en el momento justo para indicarme el camino.

- ¿Le han hecho crecer las resonancias profundas, el camino íntimo y la cercanía de Mandouze?

- ¡Desde luego! Dejé la escuela a los 13 años, y la catequesis incluso antes de la Primera Comunión, porque el Padre Lefévre, que era mi director espiritual, me encontraba demasiado turbulento. En realidad yo era un apasionado de la vida. Goloso. Vivo. Tenía el deseo retorcido en el cuerpo de conocer todo, de entender todo. Por aquella época, en los años 50, los hijos de los pobres no se mezclaban con los de los ricos. Mi padre, hojalatero aunque llegó a ser gregario del Tour de Francia, era analfabeto, y mi madre tuvo muchos hijos.

Yo era una hierba que crecía salvaje, siempre animada por las ganas de hacer el bien. Era católico, no practicante, y siempre tenía en mí la presencia del misterio. Sin conocer nada, incluso sin saberlo, tenía la fe, pues la fe es, precisamente, las ganas de vivir, de vivir y de captar todo. Pero mis padres pusieron coto a mis ganas. La vida se ha encargado de atenderlas. He tenido que buscar mis guías. Y encontré dos: Jean Giono y su Canto del mundo. Y al final de mi adolescencia, cuando dejé Chateauroux, llevaba a mano en el bolsillo las Relatos de un peregino ruso. Siempre tenía en lo más profundo de mí mismo la súplica «¡Señor Jesús, ten piedad de mí!». Suspiraba con ella, y me quitaba todos mis temores. Estaba cargado de espiritualidad sin saberlo.
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