"Del interior del que crea en mí brotarán ríos de agua viva" (Jn 7, 39).

martes, 13 de enero de 2009

El Dr. Takashi Nagai y la bomba atómica


Artículo publicado en Capellanía Universitaria (Universidad de Navarra)


La historia de Takashi

Takashi Nagai había nacido en 1908 en Isumo, cerca de Hiroshima, en el seno de una familia con cinco hijos y de religión sintoísta. En 1928 ingresa en la facultad de medicina de Nagasaki. "Desde la época de mis estudios de secundaria -escribirá más tarde- me había convertido en prisionero del materialismo. Nada más ingresar en la facultad de medicina me obligaron a diseccionar cadáveres... Sentía gran admiración por la maravillosa estructura del conjunto del cuerpo humano, por la minuciosa organización de sus más pequeñas partes. Pero aquello que estaba manejando no era más que pura materia. ¿Y el alma? Un fantasma inventado por unos impostores para engañar a la gente sencilla".

La última mirada de una madre

Un día de 1930 recibe un telegrama de su padre: "¡Ven a casa!". Presintiendo alguna desgracia, parte a toda prisa. Al llegar, se entera con estupor de que su madre ha sufrido un ataque y de que ha perdido el habla. Se sienta a su lado y lee en su mirada un último adiós. Aquella experiencia de la muerte cambiará su vida: "Con su última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que yo había construido. Aquella mujer, que me había dado la vida y que me había educado, aquella mujer que no había tenido ni un momento de respiro en su amor por mí, me habló con toda claridad en los últimos instantes de su vida. Su mirada me decía que el espíritu del hombre sigue viviendo después de la muerte. Todo me llegaba como una intuición, una intuición que contenía el sabor de la verdad".

Takashi emprende entonces la lectura de los "Pensamientos" de Pascal, autor francés del siglo XVII, poeta y erudito. "El alma, la eternidad... Dios. ¡Así que el físico Pascal, nuestro gran predecesor, había admitido con seriedad aquellas cosas!, se dijo. ¡Ese incomparable sabio creía verdaderamente en ello! ¿En qué consistía aquella fe católica para que el sabio Pascal la aceptara, sin contradecir por ello su ciencia?" Pascal explica que a Dios se le puede encontrar mediante la fe y la oración. Incluso si todavía no podéis creer -dice- no desatendáis la oración ni la asistencia a la Misa. Si me siento siempre dispuesto a comprobar una hipótesis en el laboratorio -piensa Nagai-, ¿por qué no probar esa oración en la que tanto insiste Pascal? Y toma la decisión de buscar una familia católica que le acepte como pensionista durante sus estudios. Aquello le permitirá conocer el catolicismo y la oración cristiana.

La familia Moriyama

Es acogido en la familia Moriyama. El señor Moriyama, tratante de ganado, desciende de uno de esos antiguos linajes cristianos que, a lo largo de 250 años de persecuciones, supieron conservar la fe que san Francisco Javier llevó hasta el Japón. La pureza de aquella fe cristiana asombra al joven Nagai: ¡unos humildes granjeros le enseñan con su ejemplo aquello en lo que había creído el gran sabio Pascal!

En marzo de 1932, una grave otitis le deja sordo del oído derecho, trastornando con ello sus proyectos de futuro; al no poder hacer uso del estetoscopio, debe renunciar a la medicina general, orientando entonces sus estudios hacia la medicina radiológica, que inicia su andadura en Japón, y que le hace tomar conciencia de las enormes posibilidades que esta ciencia ofrece a los médicos para descubrir el origen de las enfermedades.

El señor y la señora Moriyama tienen una hija, Midori, maestra en otra ciudad. Los tres rezan por la conversión de Takashi, pensando que quizás Dios lo haya enviado con este propósito. El 25 de diciembre de 1932, Midori se encuentra en casa de sus padres con motivo de la Navidad. -Doctor -pregunta el señor Moriyama a Takashi-, por qué no viene con nosotros a la Misa del gallo? -¡Pero si no soy cristiano! -No importa, tampoco lo eran los pastores y los Reyes Magos que acudieron al establo. Sin embargo, cuando vieron al Niño creyeron. Si no viene a rezar a la iglesia, nunca llegará a creer.

Después de unos instantes, Nagai es el primero en sorprenderse cuando responde: -Sí, me gustaría acompañarles esta noche.

Cinco mil cristianos llenan la catedral, cantando todos el mismo Credo en latín. Nagai queda fuertemente impresionado y alentado en su reflexión sobre la religión católica, pero sin dejarse convencer.

El pequeño catecismo de Midori

Una noche, el señor Moriyama acude a despertar a Takashi: Midori se retuerce de dolor en su lecho. El joven médico diagnostica enseguida una apendicitis aguda, y oye cómo el señor Moriyama murmura: "Es la voluntad de Dios. ¿Quién sabe qué gracia nos depara?"

A pesar de la abundante nieve, Takashi corre a la escuela vecina para telefonear al hospital: -¿Oiga? ¿Oiga? El 32 00, por favor, es urgente... ¿Oiga? Aquí Nagai. ¿Quién está de guardia esta noche? Bien, ¿puede llamarlo, por favor? Acude a la llamada un amigo suyo, y Nagai le pregunta si puede realizar de inmediato una apendicectomía. Ante una respuesta afirmativa, Takashi regresa a buscar a Midori: -Con toda esta nieve, llamar a un taxi sería una pérdida de tiempo. No podemos arriesgarnos a esperar. Y, dirigiéndose al señor Moriyama: -Si usted va delante con la linterna, yo mismo puedo llevar en brazos a Midori.

Durante el trayecto, Takashi se percata de que el corazón de Midori late cada vez más deprisa y de que está ardiendo de fiebre. Su vida corre peligro, por lo que apresura el paso. ¡Por fin llegan al hospital! La sala de operaciones está preparada y, siete minutos después, todo ha terminado. Midori está a salvo. En agradecimiento, ella hará todo lo posible para obtener la conversión de su salvador.

Al año siguiente, Takashi es movilizado por el ejército japonés y parte a combatir contra los chinos en Manchuria. En un paquete enviado por Midori hay un pequeño catecismo que lee con interés. Al cabo de un año regresa a su país, casi desesperado por la toma de conciencia sobre los desórdenes de su vida y por el recuerdo de los terribles espectáculos de la guerra. Se dirige entonces a la catedral de Nagasaki, donde un sacerdote japonés le recibe y conversa con él durante mucho tiempo. Animado por aquella entrevista, Takashi reanuda su trabajo de radiología y empieza a estudiar la Biblia, la liturgia y las oraciones de los católicos. Pero las exigencias morales del Evangelio y la necesidad de separarse de los lazos religiosos sintoístas de su familia siguen siendo un obstáculo para su conversión.

Un día, en medio de sus dudas, retoma los "Pensamientos" de Pascal y se le presenta una frase que llama su atención: "Hay suficiente luz para quienes sólo desean ver, y bastante oscuridad para quienes mantienen una disposición contraria". De repente, todo queda claro para él. Toma una decisión y pide el bautismo, que recibe en junio de 1934, con el nombre de Pablo, en recuerdo de san Pablo Miki, mártir japonés crucificado en Nagasaki en 1597.

Dos meses después se casa con Midori, pero antes ha querido que ésta conociera los graves riesgos a los que se expone por su profesión. En efecto, pues los radiólogos de la época no tenían medios para protegerse suficientemente de los rayos X. Midori comprende el peligro que corre la vida de Takashi, pero entiende sus puntos de vista y comparte su ideal de "pionero" para salvar vidas humanas. Nagai se convertirá en algo más que un médico, en un apóstol de la caridad para con el prójimo. Escribe lo siguiente: "La labor del médico consiste en sufrir y en alegrarse con sus pacientes, en ingeniárselas para disminuir los sufrimientos como si fueran los suyos propios. Hay que simpatizar con su dolor. A fin de cuentas, no obstante, quien cura al enfermo no es el médico sino la complacencia divina. Una vez se ha comprendido eso, el diagnóstico médico engendra la oración".

Movilizado de nuevo entre junio de 1937 y marzo de 1949, participa como médico en la guerra chino-japonesa. Su dedicación a todos, se trate de militares japoneses o de chinos, de mujeres, niños y ancianos arrastrados sin piedad a terribles matanzas, ha tomado un cariz heroico. A su regreso al Japón, las peticiones de radiografías se multiplican. Muy pronto, Takashi constata en sus manos unas marcas inquietantes y, además, se encuentra muchas veces agotado. En su diario anota que, en ocasiones, cuando se siente completamente decaído, cierra la puerta y se sienta ante la estatua de María que tiene en su despacho, rezando el Rosario y recuperando de este modo poco a poco la paz interior.

Tres años de vida

Un colega de Takashi le persuade sobre la conveniencia de hacerse una radiografía. Una mañana de junio de 1945 cumple con ello: -Prepare el aparato, dice a su ayudante. -Pero, doctor, aún no ha llegado ningún paciente. -Yo soy el paciente, responde Nagai mostrando su pecho. -¿Y el médico? -¡Aquí está!, dice señalando sus ojos.

Al ver la radiografía, Nagai se queda sin respiración. En el lado izquierdo aparece una ancha placa negra: hipertrofia del bazo, por lo que el diagnóstico es una leucemia. Takashi murmura: "Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a nuestros dos hijos. Hágase en mí según tu voluntad". El doctor Kageura, jefe del departamento de medicina interna, confirma su análisis: "Leucemia crónica. Duración de la vida: tres años". Había empleado su vida en curar un gran número de enfermos, que nadie más que él habría podido radiografiar.

De regreso a casa, Takashi se lo revela todo a Midori, quien cae arrodillada ante el crucifijo que su familia había guardado durante los 250 años de persecuciones y reza durante largo tiempo, sollozando constantemente, hasta que su alma recupera la paz. También Nagai reza; siente remordimientos por haberse dedicado con ahínco a su trabajo, sin pensar lo suficiente en su esposa. Pero Midori sabe estar a la altura de las circunstancias. Al día siguiente un hombre nuevo se dirige a su trabajo: la aceptación total de la tragedia por parte de Midori y su negativa a oír hablar de "negligencia" le han colmado de fuerzas.

La explosión atómica

9 de agosto de 1945, once horas y dos minutos. Un destello cegador. Acaba de estallar una bomba atómica en Urakami, el barrio norte de Nagasaki. En la facultad de medicina, situada a 700 metros del centro de la explosión, Nagai, que se encuentra clasificando placas de radiografías, es lanzado al suelo, con el costado acribillado de trozos de cristal. La sangre brota en abundancia de su sien derecha..., los objetos se arremolinan como las hojas muertas en otoño. Muy pronto aparece una oleada ininterrumpida de heridos: siluetas ensangrentadas, ropas desgarradas, cabellos quemados, que acuden a la entrada del hospital... Una visión dantesca.

Famoso es su relato que señala:
¿Qué había pasado? No podía explicármelo. Hasta hacía pocos minutos se extendía una ciudad desde las colinas hasta las aguas del estrecho, pero ahora todo había desaparecido.
¿Qué había sido de la multitud que se agolpaba frente a la puerta del Hospital? Miré hacia allí. El patio estaba cubierto de árboles arrancados y entre ellos gran número de cadáveres desnudos.
-¡Esto es el infierno!- grité horrorizado, cubriéndome la cara con las manos.
Ningún profesor sobrevivió para poder contarlo. En los laboratorios de Medicina Clínica, construidos con hormigón y más alejados del lugar de la explosión, algunos médicos, entre ellos yo, tuvimos la suerte de salvarnos... por el momento.

¿Cómo ocurrió todo?

El 9 de agosto de 1945 la ciudad de Nagasaki estaba inmersa en la paz por última vez.
Repentinamente, el cielo se iluminó por un instante y el resplandor de una luz hizo palidecer el sol de verano. Una columna de humo blanco empezó a subir de la tierra tomando la forma de una gigantesca seta u hongo. Una luz terrible. No hubo ruido. Pero lo que aterrorizó y heló la sangre fue el soplo inmenso que se escapó de debajo de la nube blanca. A una velocidad aterradora pasó sobre las colinas y los campos arrasándolo todo. Las casas de las cimas cedieron ante su fuerza, y cada árbol del campo fue arrancado de cuajo y sus hojas desaparecieron como por encanto. Se diría que un invisible pero gigantesco cilindro compresor trituraba cuanto hallaba a su paso. Un horrible ruido hirió de súbito los oídos de los que presenciamos de lejos tan terrible espectáculo. Nos sentimos levantados, tirados contra una pared de piedra a cinco metros de allí.

Herido en la región de los ojos, creí que había perdido la vista. No era así, pero todo yo manaba sangre. Y el edificio entero se había derrumbado.

Enterrado entre los escombros, luché denodadamente hasta que terminé por salir por mi propio esfuerzo. El espectáculo que tenía ante mis ojos era apocalíptico.
Entre escalofriantes masas de carne se destacaban lentamente, a rastras, aquellos en los que había una chispa de vida. Se acercaron asiéndome fuertemente de las rodillas:
-¡Sálveme, doctor!- gemían desesperadamente.

Empezamos los primeros cuidados, pero nunca me había sentido tan impotente, tan inútil para poder ayudar a aquellos seres humanos destrozados y desgarrados por el dolor.

No podíamos atender a todos los que se agolpaban en torno a los escasos médicos supervivientes. Apenas habíamos mal vendado a uno cuando se presentaba otro con la misma súplica:
-¡Doctor, sálveme!-

Pasaron dos niños arrastrando a su padre muerto. Una mujer todavía joven llevando en su seno a un niño decapitado. Los pocos que se habían salvado marchaban de la ciudad, que empezaba a arder. Sus pies sangrantes les torturaban a cada paso. Pasando por la noche sobre un puente deteriorado, caían a veces en el foso con el herido que transportaban sobre sus espaldas.

Jamás me había sentido tan impotente como al mirar el terrible panorama de miedo, de agonía, de muerte y de destrucción. No podía hacer nada, absolutamente nada. La sangre me corría por el rostro, desde las sienes hasta la barbilla. Los ojos parecía que me iban a estallar.

A veces, queriendo incorporar un cuerpo para ver si retenía aún señales de vida, se deshacía en nuestras manos como el fango pegajoso. Solamente unos cabellos se adherían a nuestro tacto.

Miré al cielo donde flotaba todavía, en reflejos de apocalipsis la monstruosa nube radioactiva...

Al día siguiente, 10 de agosto, el Dr. Nagai lo pasa curando heridos. El 11 va en busca de Midori, su esposa, que se había quedado en casa, mientras que los hijos y la abuela se encontraban seguros en la montaña desde el 7 de agosto. Le resulta muy difícil encontrar la ubicación de su casa en una zona llena de tejas y cenizas. Entre los restos de la casa encuentra a su esposa calcinada. Postrado de rodillas, reza y llora, recogiendo después los huesos en un recipiente. Ve brillar algo en el polvo de los huesos de la mano derecha de ella: ¡Es su rosario! Inclinando la cabeza dice: "Dios mío, te doy las gracias por haberle permitido morir rezando..." Mientras los habitantes del lugar temen volver a Urakami, el barrio católico epicentro de la bomba, Nagai declara: "¡Yo quiero ser el primero en vivir allí!". Se construye un refugio cerca de su antigua casa, con algunas chapas apoyadas en los restos de un muro, y coloca delante dos piedras formando un fogón improvisado sobre el que cuelga un caldero. Al lado hay una vieja botella sin cuello; su reserva de agua. Como única ropa cuenta con uno de los uniformes de marino que el ejército ha distribuido a los siniestrados. Al empezar a desescombrar la que fue su casa, descubre el crucifijo que había pertenecido al altar de la familia y piensa: "He sido desposeído de todo y sólo he encontrado este crucifijo".

El 23 de noviembre de 1945, Nagai es invitado a tomar la palabra en una Misa de réquiem celebrada junto a los escombros de la catedral de Urakami, el barrio católico de Nagasaki. En su mística intervención, con sentimiento de comprensión y perdón, poco frecuente en lo humano, yo diría que hablando con la mirada de los dioses, señala:
El holocausto de Jesucristo en el Calvario ilumina y confiere significado al holocausto de Nagasaki. En la mañana del 9 de agosto una bomba atómica explosionaba en nuestro barrio. En un instante, 8.000 cristianos fueron llamados a la presencia de Dios... En la medianoche de aquel día, nuestra catedral se incendió de repente y se consumió... Es evidente que existe una profunda relación entre la destrucción de esta ciudad cristiana y el fin de la guerra. Nagasaki era sin duda la víctima elegida, el cordero sin mancha, holocausto ofrecido sobre el altar del sacrificio, aniquilado por los pecados de todas las naciones durante la Segunda Guerra Mundial... ¡Debemos agradecer que Nagasaki haya sido elegida para ese holocausto! Debemos agradecerlo, porque a través de ese sacrificio ha llegado la paz al mundo, así como la libertad religiosa al Japón.

El 15 de agosto de 1945, a mediodía, la radio transmite un mensaje del emperador anunciando la capitulación del Japón. A principios de septiembre, Nagai agoniza. Las radiaciones de la bomba atómica han agravado su enfermedad. Recibe los últimos sacramentos y dice: "Muero contento", y luego entra en semicoma. Le traen agua de la gruta de Lourdes construida no muy lejos de allí por el padre Maximiliano María Kolbe. Al día siguiente Takashi se encuentra fuera de peligro y atribuye al padre Kolbe (hoy canonizado) la remisión de seis años que le deja la enfermedad.
En marzo de 1951 el estado de salud del médico es alarmante, sin que por ello se vea alterado su habitual buen humor. En abril escribe su último libro y, nada más terminarlo, sufre una hemorragia cerebral. Lo llevan al hospital, y allí pierde el conocimiento. Muere el 1 de mayo.

Al final de su libro "Las campanas de Nagasaki" el Dr. Nagai escribe lo siguiente:
¿La humanidad podrá ser feliz en la era atómica? ¿O será desdichada? ¿Cómo iba a utilizarse esa arma de doble filo escondida por Dios en el universo y descubierta ahora por el hombre? Un uso correcto podría permitir un rápido progreso de la civilización, pero un uso inadecuado podría destruir el mundo. La decisión reside en el libre albedrío del hombre, que tiene su destino en sus propias manos. Cuando uno piensa en ello le invade el terror y, por mi parte, creo que la única garantía en este campo reside en un verdadero espíritu religioso...
Tres días después del holocausto de Hiroshima, cuando el bombardero B29 llamado Bock's Car, despegó de la base área de Tinian en las Islas Marianas la madrugada del 9 de agosto de 1945 su objetivo era la ciudad japonesa de Kokura y su misión lanzar la segunda bomba atómica, sobre territorio japonés para forzar la capitulación definitiva de las fuerzas niponas. Sin embargo la bomba fue lanzada sobre Nagasaki... La decisión se debió al mal tiempo con el avión quedándose sin combustible y era necesario actuar con rapidez. Estados Unidos tenía solo dos bombas, la Little Boy de uranio y 13 kilotones, que tres días antes había destruido Hiroshima, y la Fat Man, más grande con carga de plutonio y 22 kilotones de TNT. Después de casi una hora sobrevolando el avión sobre Kokura, la aeronave no podía mantenerse en vuelo por más de media hora. Sweeney, el capitán del bombardero se dirigió hacia la cercana ciudad de Nagasaki, otro de los posibles objetivos de la misión. Las nubes cubrían también la ciudad de Nagasaki. Sobre el objetivo un claro se abrió entre las nubes y Kermit Beahan no dudó en lanzar "Fat Man". A las once y dos minutos inició "Fat Man" su corta caída hacia el corazón de una de las primeras ciudades japonesas que en el siglo XVI se habían abierto al cristianismo y al comercio con Occidente. La bomba de plutonio hizo explosión a una altura de 500 metros sobre el distrito de Urakami. En 1995 el copiloto Don Albury relató al New Herald: "Vi el destello y pensé: Dios ¿qué hemos hecho?".

Nagasaki fue arrasada por la segunda bomba atómica el 9 de agosto de 1945 a las once horas y dos minutos. El centro de la explosión se situó en el barrio de Urakami, habitado en su mayoría por los católicos de la ciudad. Hubo 9.000º de temperatura, 72.000 muertos y 100.000 heridos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Testimonio de una mujer que abortó




BARCELONA, 18 Nov. 08 / 05:33 am (ACI).- Montserrat, una mujer que abortó el mes pasado en el centro de abortos Les Corts de esta ciudad, pidió a los diputados que ven la reforma en la ley del aborto en España que piensen bien su decisión pues ella, que decidió abortar al que sería su tercer hijo, es una prueba de que estas practicas sólo destrozan la vida de miles de mujeres.

En este testimonio, recogido por la Asociación de Víctimas del Aborto (AVA), Monserrat relata que temía por este embarazo, pues con su segundo hijo su pareja la había abandonado. Cuando fue a consultar sobre su caso en Salud y Familia de la Generalitat de Cataluña, le dieron como única alternativa el aborto. Con la subvención de esa institución llegó al centro de abortos Les Corts el 23 de octubre.

"Al llegar a la clínica Les Corts con mi hermana y una amiga yo estaba muy nerviosa porque yo realmente no quería abortar. Había un impulso en mí que me decía que lo hiciera y otro que me decía que no. No sabía realmente que hacer", explica.

Montserrat indicó que "pese a que le mencioné a la psicóloga de la clínica que había tenido tratamiento psiquiátrico durante cinco años, ella me dijo que la mejor opción en mi caso era el aborto ya que ya tenía suficiente carga con dos hijos. Además me mencionó que era joven y que después podría tener más".

La joven mujer relató también que le dieron un tranquilizante que rápidamente le hizo efecto y ya no pudo echarse para atrás porque la llamaron para que ingresara al quirófano.

"No te explican realmente que después de un aborto provocado sufres depresiones. Ellos solo lo hacen por negocio. La intervención solo duro cinco minutos. Llegué llorando y salí llorando. A mí no me han llamado más. Eché de menos que me dijeran que me lo pensara o que viniera otro día, no saben cuánto me pesa", cuenta.

Monserrat indicó que durante todo el proceso se sintió presionada por todos: "la clínica, las enfermeras, la psicóloga, todos. Cuando llegué a mi casa me preguntaba: ¿Que había hecho? Sabía que no me lo iba a devolver nadie. Desde ese día no como, no duermo bien, estoy con tranquilizantes para dormir, estoy mal", relata.

Luego de precisar que si Salud y Familia de la Generalitat no hubiera subvencionado el aborto, no se hubiera sometido a esta práctica infanticida. "Nos dan facilidad para abortar pero no para sacar adelante a nuestros hijos. Yo no me he sacado un problema, me he puesto un problema más grande encima de mi espalda con la muerte de mi hijo", concluye.

(Tomado de www.aciprensa.com.)

viernes, 14 de noviembre de 2008

Stojan Adasevic, otro "rey del aborto" convertido en lider pro-vida



MADRID, 13 Nov. 08 / 07:40 am (ACI).- El diario La Razón de España dio a conocer el caso de un nuevo "rey del aborto" convertido: Stojan Adasevic, quien llegara a realizar 48 mil abortos en total y hasta 35 en un solo día, es actualmente el principal líder pro-vida de Serbia, pero durante 26 años fue el ginecólogo abortista más prestigioso de la Belgrado comunista.

El periódico español señala que "los libros de medicina del régimen comunista decían que abortar era, simplemente, extirpar un trozo de tejido. Los ultrasonidos que permitían ver al feto llegaron en los años 80, pero no cambiaron su opinión. Sin embargo, empezó a tener pesadillas".

Al relatar su proceso de conversión, explica el diario, Adasevic "soñaba con un hermoso campo, lleno de niños y jóvenes que jugaban y reían, de cuatro a 24 años, pero que huían aterrados de él. Un hombre vestido con un hábito blanco y negro lo miraba intensamente, en silencio. El sueño se repetía cada noche y despertaba con sudores fríos. Una noche preguntó al hombre de negro y blanco por su nombre. 'Me llamo Tomás de Aquino', respondió el hombre del sueño. Adasevic, formado en la escuela comunista, nunca había oído hablar del genial santo dominico, no reconoció el nombre".

"'¿Por qué no me preguntas quiénes son estos niños? Son los que mataste con tus abortos', le dijo Tomás. Adasevic despertó, impresionado, y decidió no practicar más intervenciones", prosigue.

"Ese mismo día vino a su hospital un primo con su novia, embarazada de cuatro meses, para hacerse su noveno aborto, algo bastante frecuente en los países del bloque soviético. El doctor accedió. En vez de sacar el feto miembro a miembro, decidió machacarlo y sacarlo como una masa. Sin embargo, el corazón del bebé salió aún latiendo. Adasevic se dio cuenta entonces de que había matado a un ser humano".

Tras ese macabro episodio, Adasevic "informó al hospital de que no haría más abortos. Nunca en la Yugoslavia comunista un médico se había negado. Redujeron su salario a la mitad, echaron a su hija del trabajo, no dejaron entrar a su hijo en la universidad".

Tras dos años de presiones y a punto de rendirse, volvió a soñar con Santo Tomás: "'eres mi buen amigo, persevera', dijo el hombre de blanco y negro. Adasevic se comprometió con los grupos pro-vida. Dos veces consiguió que la televisión yugoslava emitiera la película de ultrasonidos 'El grito silencioso', de otro famoso ex-abortista, el doctor Bernard Nathanson".

Actualmente el doctor Adasevic ha publicado su testimonio en revistas y diarios de Europa del Este, como la rusa Liubitie Drug Druga. Ha vuelto al cristianismo ortodoxo de su infancia y también ha aprendido cosas sobre Santo Tomás de Aquino.

"Tomás, influido por Aristóteles, escribió que la vida humana empezaba 40 días después de la fertilización", escribe Adasevic en Liubitie Drug Druga. La Razón comenta que "el doctor sugiere que quizá el Santo buscaba compensar ese error. Adasevic, 'el Nathanson serbio', prosigue hoy su lucha por la vida de los más pequeños".



Tomado de http://www.aciprensa.com/.

martes, 21 de octubre de 2008

Actriz Jennifer O´Neill habla de su aborto

"Después de abortar, me odié profundamente y pensé que me odiaría toda mi vida"
"Esto me ocurrió antes de tener fe en Jesucristo. Sin embargo sabía que la mujer no está hecha para matar a sus hijos."


miércoles, 1 de octubre de 2008

Jim Caviezel habla sobre la fe después de "La Pasión"

l
DENVER, 21 Mar. 04 / 12:30 pm (ACI).- Jim Caviezel, el actor que interpretó a Jesús en “La Pasión”, filme producido y dirigido por Mel Gibson, conversó con ACI Prensa la semana pasada cuando se encontraba en Denver para recibir, a nombre de todo el equipo de producción de “La Pasión de Cristo”, el Premio “Imago Dei”, que otorga la Arquidiócesis de Denver. A continuación la entrevista.
P. Jim, respecto de tu fe, ¿cómo ha cambiado esta película tu experiencia del sufrimiento, y qué significa ahora el sufrimiento para ti?
R. Ahora entiendo el sufrimiento mucho más, como nunca antes en mi vida. Durante gran parte de la filmación no estaba seguro de poder hacerlo, no sabía si la hipotermia me iba a impedir lograrlo. Luchar con la hipotermia por un día está bien, aunque es sumamente duro. Pero intenta sobrellevarla por cinco semanas seguidas, en una cruz que sobresale por encima de los 300 metros, y cuando además tu hombro esta dislocado y estás enfermo, con neumonía y vomitando. Al mismo tiempo, eres alcanzado por un rayo. Todas estas cosas influyen en el momento en que gritas: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” Yo dije eso muchas, muchas veces durante la filmación. Llega un momento en que te preguntas si a Dios le importaba que hiciéramos esta película o no. Pero ese es mi lado humano, porque sé que a Él (Jesús) sí le importó. Y si yo no hubiese pasado por todo ese sufrimiento no hubiera podido lograr la actuación que puedes ver en la pantalla. Esta experiencia me arrojó a los brazos de Dios.
P. Tu fe es algo que ocupa un lugar central en tu vida. ¿Has encontrado alguna contradicción o conflicto entre tu vida de fe y tu carrera de actor?
R. Cuando trabajas en un banco, trabajas con dinero. ¿Significa eso que no puedes ser católico y trabajar en un banco? ¿Acaso no puedes ser católico y presidente de los Estados Unidos? Se puede ser católico y estar comprometido con cualquier aspecto, por ejemplo del mundo de las comunicaciones, ya sea como reportero o como cualquier otra cosa. Nosotros necesitamos [a los católicos] en toda misión, en todas las áreas. Necesitamos misioneros y buenas personas en todos los ámbitos de la vida.
P. ¿Qué papel juega tu fe a la hora de escoger las películas en las que trabajas?
R. [Mi fe] no implica que no interprete personajes pecadores. No significa que no vaya a hacer películas con calificación R. Evidentemente, esta película tiene esa calificación. De hecho, si lees la Biblia le darías una calificación más severa -tal vez hasta X-, porque se trata de un libro muy serio lleno de muchos pecadores y muchos santos. He interpretado tanto personajes pecadores como personajes que fueron personas santas, pero siempre procuro encontrar algo rescatable en las historias. Pero eso sí, no blasfemo contra nuestro Señor, y hay cosas en las películas que no haría. Y en esos casos solo espero. Dios me permite esperar. Si encuentro un guión que me gusta, pero que contiene partes inaceptables para mí, les pido que lo cambien y si realmente están interesados en mi trabajo, lo cambiarán.
P. ¿Cuán importante es tu fe en tu vida de casado, y tu matrimonio en tu fe?
R. Es fundamental, como la alimentación. Tienes que comer todos los días; tienes que recibir la Eucaristía. Dios me entregó a mi esposa. Ella es un regalo. Yo la cuido, ella me cuida a mí. Nos encanta la manera en que Dios quiere que amemos. Tratamos de ser un ejemplo para las demás personas. A veces nos equivocamos pero seguimos intentando para luego levantarnos si caemos. Permanecemos juntos y nos amamos tanto como podemos. Mi fe alimenta todo, mi actuación y todo el resto. Es el alma de mi vida.
P. ¿Cuál es tu reacción ante la cobertura que la prensa hace de ti?
R. En la prensa, muchas veces se buscan ángulos para embarrarte. Por ejemplo, continuamente se refieren a mí como “el devoto católico Jim Caviezel”. Lo hacen cada vez que hablan de mí en la prensa, y uno piensa: “¿Qué hay de malo en eso?”. Pero déjame preguntarte algo, ¿dicen acaso "el devoto cienciologista Tom Cruise” o “el devoto judío Adam Sandler” una y otra vez? Ellos saben lo que están haciendo cuando intentan mancharte: buscan mostrarte como un “fanático religioso” que juzga y condena a los demás. Siempre ha existido este tipo de persecución en todos los tiempos.
P. ¿Y te afecta esto?
R. Cierta prensa no está muy abierta a cómo vives tu vida. Yo no voy e impongo mi fe a los demás. Hablo sobre ella cuando me lo preguntan y algunas veces ni siquiera hablo. Pero la vivo. No se trata de lo que dices; lo importante es lo que haces. Pero no puedo andar preocupado de lo que piensan los demás. Yo tendré que responderle a Dios. Sólo tengo miedo de no hacer lo correcto, porque tendré que rendirle cuentas a El algún día.
P. ¿Cómo explicas el éxito de “La Pasión de Cristo”? ¿Sabes de algún fruto espiritual que la gente haya recibido luego de ver la película?
R. Puedes navegar por las distintas paginas en Internet y leer acerca de los frutos espirituales, están en todos lados. Pero lo que escuchas en alguna prensa es sólo la historia de una señora que murió a causa de un ataque cardiaco mientras veía “La Pasión” en Kansas. Los que quieren van a encontrar algo negativo entre los millones y millones de buenas cosas. Pero creo que esta película ayudará a promover la verdadera paz en el mundo.
P. ¿Crees que esta película tenga algún impacto en la fe de la gente?
R. Espero que sí. En muchos países alrededor del mundo, atenuamos nuestra fe para acomodarla y así llamar a la “unidad” de las iglesias, y eso está mal. Yo no estoy pidiéndole, por ejemplo, a los Bautistas que acepten la figura de María y que entiendan su significado, ese es el trabajo del Espíritu Santo. Al final, lo que pido es que un hermano evangélico rece por mi conversión y yo rezaré por la suya, pero “aguar” nuestra fe, para acomodarse el uno al otro, es solo acomodarse a una cosa: el pecado.
P. ¿Cuál es tu escena favorita en esta película?
R. En mi escena favorita, Poncio Pilatos le habla a Jesús, y Jesús dice: “Aquellos que me conocen, conocen la Verdad”. Pilatos contesta: “¿Qué es la verdad?”. Jesús permanece callado. Luego, Pilatos se dirige a su esposa, Claudia, y dice: “¿Qué verdad es ésta?”. A lo cual ella responde: “Si tú no lo sabes, yo no puedo decírtelo”.
Muchas veces, la gente piensa que Jesús es un fanático intolerante; pero no lo es. El habla en verdad. Habla con la plena verdad y plena gracia.
P. ¿Qué deseo tienes para América Latina y España una vez que “La Pasión” haya sido estrenada?
R. Quiero que les suceda lo mismo que ocurrió aquí. Que las personas se abran, que estén abiertas a la Verdad.

domingo, 21 de septiembre de 2008

André Frossard: "Dios existe, yo me lo encontré".


André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde "católico, apostólico y romano".

El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión se entienden un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta él mismo: "Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema. (...)

Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (...)

No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios.

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel...

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jaurès.

Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (...)

El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a veces iban al templo, y para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión de otros. Para nosotros era el día del aseo general, en el agua corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo me friccionaba la cabeza con un cocimiento de manzanilla..."En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados.

Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie.

Entre las izquierdas la política se consideraba como la más alta actividad del espíritu, el más hermoso de los oficios, después del de médico, sin embargo. A ella debían mis padres, por otra parte, el haberse encontrado. Mi madre de espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del socialismo ante un auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una inteligencia combativa, una voz admirable. Desde aquel día, ella le siguió de reunión en reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando me contaba esa historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis padres desde siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado de su existencia. La honestidad, la natural decencia de su vida en común, me habían dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse y que, al no tener fin, no había tenido comienzo.

Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (...)

Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión".

Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo de la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: "Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.

Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito.

Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.

Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (...)

Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (...)

Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó.

Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la "gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No había por qué inquietarse.

Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.

Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella".

Frossard escribió el libro de su conversión, "Dios existe. Yo me lo encontré", que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial.

En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.

Tomado de http://www.capellania.org/docs/jcremades
Las citas son de Dios existe, yo me lo encontré, de André Frossard.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Polémico guionista de Hollywood cuenta su conversión al Catolicismo


WASHINGTON D.C., 03 Sep. 08 / 06:42 am (ACI).- Joe Eszterhas es un guionista de cine conocido en Hollywood como el creador del "thriller erótico", un género compuesto por películas oscuras que combinan el sexo y la violencia. En unos días publicará su más reciente libro en el que narra su asombrosa conversión al Catolicismo.
l
Eszterhas se hizo millonario por escribir los guiones de películas taquilleras como Basic Instinct, Showgirls y Jagged Edge, todas conocidas por su explícito contenido sexual. Además fue editor de la revista Rolling Stone.
l
El escritor, nacido en 1944, creció en campos de refugiados en Hungría después de la Segunda Guerra Mundial hasta que llegó con su familia a Cleveland, Estados Unidos. Trabajó como reportero de noticias policiales, cubriendo incontables tiroteos y peleas urbanas.
l
En ese tiempo, sostiene que su vida era muy oscura, llena de muerte, asesinatos, crímenes y caos, lo que marcó su posterior carrera de guionista.
l
En el verano del año 2001, Eszterhas fue diagnosticado con cáncer de garganta. Debió someterse a una delicada cirugía y recibió la orden médica de dejar el alcohol y el tabaco. Eszterhas tenía 56 años, siempre tuvo un estilo de vida alocado y sabía que cambiar sus hábitos no sería fácil.
l
Un día, que Eszterhas describe como "infernalmente caluroso", estaba caminando por la calle cuando se dio cuenta que su vida había tocado fondo.
l
"Me estaba volviendo loco. Estaba muy nervioso. Temblaba. No tenía paciencia para nada. Cada terminación nerviosa demandaba un trago y un cigarrillo", recuerda.
l
Se sentó en el piso, comenzó a llorar y de repente comenzó a rezar. "Por favor, Dios, ayúdame", dijo.
l
En ese momento, se dio cuenta de que no rezaba desde niño. "No podía creer lo que había dicho. No supe por qué lo había dicho. Nunca antes lo había dicho", recuerda.
l
Inmediatamente, Eszterhas se sintió sobrecogido por un sentimiento de paz y se acabaron sus temblores. En ese momento, tal como le ocurrió a Saulo camino a Damasco, vio "una luz brillante, deslumbrante, casi cegadora que me hizo cubrir mis ojos con las manos".
l
Para Eszterhas, esta experiencia fue determinante. Pasó de dudar sobre poder vivir sin tabaco ni alcohol, a saber que podía vencerse a sí mismo y triunfar.
l
En ese momento comenzó su camino de regreso a la Iglesia pero el escándalo sexual que afectó duramente a los católicos en Estados Unidos se convirtió en un escollo para terminar su retorno. Por eso optó por asistir a servicios no denominacionales, pero finalmente se convenció de que no podía dejar de ser católico.
l
"La Éucaristía y la presencia del cuerpo y sangre de Cristo está en mi mente y es una experiencia sobrecogedora. La Comunión es poderosa y es casi un sentimiento celestial", afirma.
l
Aún ahora recibe ofertas para escribir guiones sobre temas siniestros. Sin embargo, asegura que ha "gastado mucha vida explorando el lado oscuro de la humanidad y no quiero regresar a eso nunca más".
l
"Mi vida cambió desde que Dios entró a mi corazón. No me interesa la oscuridad. Tengo cuatro hijos hermosos, una esposa a la que adoro, adoro estar vivo y gozo de cada momento de mi vida. Mi visión se ha iluminado y no quiero regresar a ese lugar oscuro".
l
En el último año, los médicos le dieron de alta y asegura que ha vencido al cáncer gracias a lo que él considera un milagro. Éste es el motivo por el cual escribió su nuevo libro titulado "Crossbearer: A memoir of faith" (Portador de Cruz : Un recuerdo de fe), para dar gracias a Dios y contarle al mundo lo que Él hizo en su vida.
l
http://www.aciprensa.com/

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Íngrid Betancourt revela cómo Dios le ha tocado el corazón



CIUDAD DEL VATICANO, martes, 2 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Tras los 25 minutos de encuentro con Benedicto XVI, este lunes, en el palacio apostólico de Castel Gandolfo, la ex candidata a la presidencia de Colombia, Íngrid Betancourt, reveló en una rueda de prensa cómo Dios le ha tocado el corazón en su cautiverio.
l
Antes de ser secuestrada, en febrero de 2002, Ingrid era una mujer de poca fe. Ella misma lo reconoce. Sin embargo, durante los casi siete años que permaneció en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en el sur de la selva colombiana, los únicos libros que tenía consigo eran la Biblia y el diccionario, así que durante los largos días de cautiverio se dedicaba a leer y meditar la Palabra de Dios.
l
Consagración al Sagrado CorazónIngrid todos los días escuchaba la radio para poder entretenerse e informarse. Un mes antes de su liberación, el pasado 1 de junio, estaba oyendo la Radio Católica Mundial y escuchó las promesas que experimentarí a quien se consagre al Sagrado Corazón.
Si bien Ingrid reconoce que no las recuerda todas, las enumeró a los periodistas: la primera es tocar el corazón duro de quienes le hagan sufrir; la segunda bendecir los proyectos del interesado; y la tercera, la ayuda del para cargar la cruz y que le esperará en el tránsito de la muerte.

Cuenta Íngrid que al escuchar estas promesas dijo: "Eso es para mí. Yo necesito que Dios toque el corazón duro de la guerrilla, que toque el corazón duro de todos aquellos que no dejan que se produzca la libertad nuestra".
l
"Yo necesito que la empresa mía, que es la de obtener la libertad de todos nosotros, Él la tome para sí, la bendiga y permita que esto suceda. Y yo necesito que Él me acompañe a llevar esta cruz porque yo sola ya no puedo más", comentó la ciudadana colombo-francesa.
l
Luego de conocer estas promesas, cuenta Ingrid que le dijo al Sagrado Corazón: "Jesús, yo en estos años nunca te he pedido nada. Pero hoy sí te voy a pedir algo: como este es el mes del Sagrado Corazón, tu mes, te voy a pedir que me hagas el milagro, no de mi liberación porque no creo que sea posible, pero hazme el milagro de que yo sepa cuándo voy a ser liberada porque si yo sé cuándo, por más de que sea dentro de muchos años, yo voy a tener la fuerza de aguantar. Si tu me haces ese milagro, Señor mío, seré tuya".
l
Ingrid cuenta que le dijo al Santo Padre: "Yo no sé lo que quiere decir ser de Cristo". Él le respondió: "Él te va a mostrar la vía"El 27 de junio un comandante de las FARC fue a hablar con Íngrid: "Hay una comisión internacional que va a visitar a los prisioneros y es muy probable que algunos de ustedes sean liberados", le dijo.
l
Cuenta Ingrid que el Santo Padre le respondió: "Él te hizo el milagro de tu liberación, porque tú supiste pedirle. Porque tú no le pediste tu liberación, tú le pediste que se hiciera su voluntad y que te ayudara a entender su voluntad".Creerle a DiosBetancourt aprovechó la ocasión para invitar a todos aquellos que no creen: "Hay muchas personas que están enojadas con Dios y no quieren creer y tantas personas a quienes les da vergüenza creer en Dios. Yo lo único que les puedo decir es que hay alguien que nos oye y nos habla con palabras y que si nosotros entendemos cómo hablarle a él, él nos va a ayudar".
l
Tras la audiencia, Ingrid aseguró que Benedicto XVI siempre ora por los secuestrados: "El Papa lleva el dolor de los que sufren en su alma", es un "hombre de luz".
l
Igualmente envió un mensaje de aliento a aquellos que fueron sus compañeros de cautiverio y que aún no han sido liberados: "Sé que esta voz va a llegar a la selva colombiana. Sé que pronto los voy a abrazar en la libertad".También hizo un llamado a los miembros de la guerrilla, que actualmente tienen cerca de 3 mil secuestrados en su poder: "Ustedes me tuvieron siete años cautiva. Los conozco profundamente, conozco su organización su manera de pensar sus objetivos. Hoy quiero decirles que el mundo los está esperando. El mundo quiere que haya espacios en su mente para que ustedes logren la paz en Colombia. (...) La respuesta esta en el corazón de ustedes no en los cálculos militares y políticos", concluyó.

Por Carmen Elena Villa Betancourt

Puede verse un testimonio de Íngrid Betancourt a las cámaras de televisión en http://www.h2onews.org/

Eduardo Verástegui, del mundo de la fama al mundo de la fe


Actor y cantante Eduardo Verástegui habla de su conversión
l
Empezó a trabajar a los 17 años cantando en un grupo que se llamaba “Kairo”. Viajes, discos, videos, telenovelas en México… La fama fue subiendo y cumpliéndose sus “sueños”. Ya sin el grupo siguió cantando como solista. En uno de sus viajes México-E.U. le conoció un director de casting de la “Century Fox” y lo contrató para grabar películas en Hollywood.
l
Con 28 años y jornadas de estudio de ocho horas al día, a los siete meses aprendió inglés. La maestra, para su sorpresa, resultó ser una católica convencida que sembró en él la inquietud por buscar la verdadera felicidad.
l
“Después de doce años de carrera, de lograr todos esos sueños que pensé me iban a dar la felicidad, de haber llegado de un pueblo chiquito a Hollywood, de hacer una película en inglés, de tener doce managers, publicistas, agentes, abogados, todo tipo de personas trabajando para mí para lanzar el próximo “latin lover, Don Juan, casanova”; y de pronto ¡confundido porque no era feliz! ¡Y claro: mexicano, católico practicante; según yo practicaba porque iba a misa una vez al año y traía un Rosario colgado!” Así narró hace poco el comienzo de su conversión a un grupo de jóvenes que le escuchamos pasmados.
l
“Si amas tanto a Dios como dices –le dijo la maestra–, traes el Rosario, tienes una Virgen en tu casa, vas a misa una vez al año y crees que lo estás sirviendo, ¿por qué le insultas tanto?; ¿por qué rompes este mandamiento…? Desde ahí empezaron las lágrimas. Tres meses de llorar y llorar. Por la gracia de Dios me di cuenta de que estaba viviendo en una incoherencia total, contradicciones todo el tiempo. Así es que dejé todo: mis manager, mi carrera; fui a hablar con un sacerdote…”
l
Fue tan fuerte la acción de la gracia de Dios que estuvo a punto de meterse en un seminario. Pero el consejo del sacerdote le impulsó a otra misión: fundar una productora de cine. “Allí donde está la oscuridad, ahí es donde debes estar porque si Dios cerró los ojos ahí necesitamos ser una luz en la oscuridad”, le subrayó el padre.
l
Para colmo le dio un libro que le cambio la vida (“Roma, dulce hogar”): “Cuando cerré ese libro, hace tres años, empecé a asistir a misa todos los días. Ese libro me ayudó mucho a discernir: o es realmente Dios o no lo es. Y si sí es (que me quedó bien claro por la gracia de Dios que estaba actuando en ese momento) quiero estar ahí en ese momento todos los días del resto de mi vida.
l
Me fui a un retiro como cinco días y ahí fue donde salió la idea de armar “Metanoia films”, porque la palabra metanoia, conversión en griego, era lo que estaba pasando. Dejar todo lo que en un momento pensé que iba a ser la felicidad para seguir a Dios y entregar mi vida completa a Dios, que yo creí que iba a ser en el seminario, como monje de clausura o algo así y Dios me la puso de manera diferente”.
l
Pero no paró todo ahí. Con la productora lista, contratos jugosos rechazados, dispuesto a promocionar los valores, se empezaron a sentir las pruebas por la falta de dinero: Sabía que Dios lleva a los hombres a las aguas profundas no para ahogarlos sino para limpiarlos pero ¡ya nos andábamos ahogando! En noviembre de 2004, invitado por el amigo sacerdote, fue a Roma, saludo a Juan Pablo y le presentó “Metanoia films”. Una semana después conoció a Sean, un católico que le compró parte de la compañía y le dio el dinero para hacer la película: “¡Justamente una semana después de haber conocido al Santo Padre! Para nosotros fue un milagro clarísimo”.
l
Como la temática lo exigía, antes de iniciar el rodaje decidió ir a una clínica de abortos para platicar con alguna chica. “Cuando llegué empecé a ver a estas chavas entrando; niñas de 15 a 23 años, en su mayoría latinas… ¡No pude ni hablar! Obviamente ni decirles “Fíjate que estoy haciendo una película, me gustaría saber el dolor que traes para…” ¡No pude! Se me cerraron los labios y lo único que hice fue observar la gente que estaba fuera tratando de convencerlas con sus panfletos, con todo lo que les estaban platicando”.
l
Al final terminó hablando con una joven que le había reconocido. Se la llevó a otro sitio, y a platicar y platicar. Le enseñó un video pro vida, le regaló cosas, le habló de la belleza de ser portadora de una vida… Al final la joven se subió al auto de su marido y no aborto.
l
Tras filmar la película, el esposo de la chica le habla y le pregunta si pueden llamar al niño: “Eduardo”. Verástegui fue al hospital, llevó sacerdote y bautizaron al niño. “Una de las excusas que tenían para abortar era que la niña anterior había salido con los ojitos un poco malos; el segundo hijo les salió con una burbuja en la cabeza y pensaron que el tercero también les iba a salir así y nada, gracias a Dios el tercero fue el que salió físicamente sano. Me quedó muy claro que fue la gracia de Dios y que a uno lo utiliza simplemente como un instrumento, pero ha sido la cosa más bella que he hecho en toda mi vida…”
l
La idea de esa película es salvar muchas vidas. Que cualquier chica embarazada que quiera abortar y vea la cinta, quede tocada en su corazón y cambie su decisión.
l
La historia de Eduardo Verástegui es una de esas conversiones que reclaman examen de conciencia y exigen revisión de la propia vida. “¿Si él pudo, por qué yo no?”, se preguntarán muchos. La respuesta estará no en el fácil responder: “¡claro, es que él es famoso y yo no!”, sino en la actitud de correspondencia a la gracia que da Dios, al amor de Dios que es el mismo para todos. Cada uno actúa desde el puesto que le toca. Ninguno es innecesario porque en todo cuerpo tanto vale el corazón como el cerebro, la vista como el tacto. Todo depende del fruto que sepamos dar según el propio papel.
l
(Catholic.net)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...